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domingo, abril 02, 2006

EGIPTO, PARAÍSO ETERNO.


Algo tiene Egipto que hace despertar los sueños aletargados de para quien no lo conoce permanecían dormidos.
En el país del temprano amanecer, del verano eterno, las colosales piedras milenarias descansan una sobre otra con sensación de eternidad. Es el regalo que nos dejaron sus antepasados y que deleitan nuestros ojos ante tan monumental belleza.


Sin embargo, no animo tanto a conocer Abu Simbel, las pirámides de Keops, Kefrén y Mikerinos o los templos que guardan bajo llave el secreto de los faraones y que su desconocido alfabeto jeroglífico nos invita a descifrar, sino más bien a empaparse de sus gentes, sus costumbres, sus calles… un universo demasiado amplio y heterogéneo para ser descrito, que queda grande para la percepción occidental.


Visitar el sur de Egipto es descubrir el murmullo de las aguas del Nilo, demasiado insana para ser bebida por los que no contamos con sangre africana, mezclarte con la piel color ébano en un poblado nubio cuyo medio de transporte aún sigue siendo el camello, ver escenas que dormían bajo el recuerdo de alguna película de allá por el siglo XVII, ahora se muestran vigentes, dejarte dorar la piel por el sol, nuestro sol, pero que en ese territorio gana fuerza e intensidad.


Niños que perdieron su inocencia cuando ganaron la destreza de poder andar, de pies encallados por las quemaduras que produce el correr descalzos sobre las rocas ardientes, de manos sucias y ojos brillantes. Son niños que buscan ganarse la vida aunque para ello tengan que soportar pedradas de la policía, niños que, como cualquier otro, buscan sobrevivir.


Allí, los oficios son improvisados, se agregan a la multitud, quizás hoy podrán vender un puñado de collares en la puerta del templo de Edfu y mañana posar para hacerse una foto a cambio de contraprestación económica del turista en la tumba de Tutmosis III. El burro aún sigue siendo el mejor medio de transporte en lugares donde las casas nunca son terminadas, donde la mejor preocupación de cada cual es simplemente que pase el día.


Al llegar a El Cairo, la civilización parece haber saludado sus tierras, pero esta sensación dura tan poco como la de tranquilidad en sus carreteras, cuyas normas de tráfico parecieron caer en el cajón del olvido. En “la ciudad que no duerme”, hay algo más que el famoso mercado “El Khalili”, hay algo más detrás de la mirada de la esfinge que acompaña la pirámide de Kefrén, es la convivencia de dos culturas distintas: la de musulmanes y la de cristianos, o como ellos dirían “Coptos”. Es la fusión de los pobres y ricos en polos extremadamente distintos.


Poco llamará la atención del turista más que la ciudad de los muertos, territorio en el que conviven las familias con las tumbas de los que dejaron este mundo hace tiempo, puesto que construyeron, en época de ocupación, sus casas sobre el cementerio.


Viajar a Egipto es comprar un billete hacia una cultura, y una vez allí te das cuenta de que el aspecto de quienes viven en esas tierras africanas tiene su justificación: el estar hecho por y para su hábitat, por lo que el tono dorado de su piel y sus vestimentas tan peculiares cobran un sentido estricto en tales parajes.
Muy probablemente el sabor del “Karkade”, el olor a la flor de loto, la luminosidad de sus días, el sonido de las aguas del Nilo y la cálida textura de la arena del desierto, quedará grabado en la memoria del visitante de por vida.

1 comentarios:

Carlos Solé Moñino dijo...

Hola Celia:
Tengo que decirte que me ha gustado mucho este artículo sobre Egipto. Estuve allí hace poco tiempo con alguien muy especial, y lo recuerdo con especial cariño. Muchas Gracias por traerme tan buenos recuerdos.